2019 21 Enero

A menos patos, ¡más caza!

 

Estos días, algunos medios de comunicación se han hecho eco de la opinión y las reflexiones de diversos representantes de los cazadores de L’Albufera a propósito de lo que éstos consideran una «desastrosa» campaña de caza de aves acuáticas. Por un lado, achacan al tiempo las causas del descalabro, porque ha alterado la migración de las aves. Sólo a última hora, aseguran, las bajas temperaturas en Europa han favorecido la llegada de aves a estas latitudes. Por otra parte, denuncian la mala gestión que se hace del agua en el humedal, con fluctuaciones de niveles que, incluso, según dicen, han provocado que algunos puestos de caza quedaran puntualmente en seco.

 

Ausencia de gestión

Efectivamente, la menor presencia de patos en los «vedats» y las escasas capturas pueden estar relacionadas con el deficiente manejo de los niveles de inundación, la nefasta gestión del hábitat —particularmente, de los arrozales en invierno, incluida la destrucción generalizada de la vegetación natural de los márgenes de los campos— y la pérdida de calidad del agua de inundación de estos acotados. Pero, nada se dice de otros factores que debieran también considerarse. Así, por ejemplo, la tradicional ausencia de medidas de gestión de la caza en L’Albufera implica que algunas especies de aves que utilizan este ambiente hayan sido cazadas por encima de la capacidad de sostenibilidad de sus poblaciones, de modo que éstas están hoy prácticamente esquilmadas. Es el caso del ánade rabudo, el silbón europeo, el porrón europeo, el porrón moñudo y la focha común, todas ellas comunes a escala continental y presentes históricamente durante los inviernos en L’Albufera. Su caza sin limitaciones en este espacio año tras año probablemente haya contribuido a que no existan actualmente apenas efectivos que invernen en este humedal.

 

Y mayor presión cinegética

Continuando con la gestión, habría que considerar también el hecho de que, aunque es perfectamente posible y aconsejable una explotación sostenible del recurso cinegético en L’Albufera, se opta de un modo poco reflexivo por incrementar la presión sobre las aves. Y antes que recurrir a medidas de contención, como implantar cupos de captura, se decide autorizar la caza en horario nocturno, lo cual, además, implica que sea prácticamente imposible determinar la especie a la que se dispara.

Un ejemplo de esta presión cinegética es lo que ocurre en los días de «càbiles». Para salvar la temporada, los cazadores confiaban en que su suerte cambiara en esta tradicional semana que ahora concluye y en la que, efectivamente, han reconocido una mejora por lo que respecta a la cantidad de aves muertas. En ella, la caza se extiende sin descanso durante nueve días consecutivos —este año, del 12 al 20 de enero— en prácticamente todo el marjal de L’Albufera. La autorización de la actividad cinegética durante la noche, que es cuando las anátidas se alimentan, evidencia que los cazadores aspiran con ello a incrementar las capturas, seguros de que las aves, antes o después, se verán forzadas a acceder a sus comederos.

Sin embargo, sería mucho más lógico pensar que, ante un descenso de las presas, la caza debiera suspenderse temporalmente para los casos en que una especie caiga de forma continuada por debajo de cierto umbral de población, así como cuando el parque natural no presente las condiciones ambientales apropiadas para sostener las poblaciones de aves acuáticas —por desecación extensiva de los marjales, como ocurre actualmente—.

 

Un interés común: la conservación

No se trata aquí de abogar por la supresión de la caza, sino más bien de insistir en el hecho de que la conservación no está reñida con este tipo de actividades humanas, siempre que sean sostenibles. Se trata de incidir en el compromiso que tienen los cazadores —como lo tienen los pescadores o los recolectores de setas por su parte— en mantener las poblaciones de aves que son objeto de caza, y de reflexionar sobre una realidad que perjudica a éstas y, en consecuencia, a quienes, por unas u otras razones, desean y se preocupan por la recuperación y el mantenimiento de sus censos en L’Albufera. De alguna manera, los cazadores, los ornitólogos y los aficionados a la fotografía y la observación de la naturaleza compartimos ese mismo interés.

En un reciente libro en torno a los treinta años del Parque Natural de L’Albufera, un ornitólogo local recapacitaba sobre el hecho de que, lamentablemente, en la sociedad actual no se conserva nada que no genere beneficios económicos y que, por lo tanto, no solamente hay que aceptar la caza, sino trabajar también por garantizar la abundancia de aves acuáticas —un «recurso», no lo olvidemos, que no es exclusivo de los cazadores—. Volvemos al asunto de la gestión: simplemente, actuando a favor de una caza efectivamente ordenada y sostenible, respetuosa y responsable, en L’Albufera ganaríamos en biodiversidad. Ganarían las aves. Ganaríamos todos.

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Este artículo, firmado por Bosco Dies, se publicó el 25 de enero de 2019 en Levante-EMV. Leerlo aquí.