Cuaderno de Campo | Febrero 2015

Lo que podría llegar a ser…


12
Feb
2015

Imágenes como las que podemos disfrutar estos últimos días en zonas del marjal de Alfafar nos hacen pensar en lo distinto que sería todo si, una actividad como la caza, no condicionara de forma tan decisiva la presencia de aves en l’Albufera. Ha sido finalizar el periodo cinegético y empezar a registrarse las concentraciones más importantes de especies como flamenco común o morito común en zonas del marjal donde, hasta el momento, su presencia parecía vetada. Los efectos que la caza tiene en la población de aves acuáticas en l’Albufera son incuestionables, a la muerte directa por disparos (tanto de especies cinegéticas como las que no lo son) se le suma el efecto devastador de la caza furtiva y las molestias que la propia práctica de la caza tiene para la tranquilidad de las aves.

La práctica totalidad del marjal que rodea a l’Albufera, las zonas de cultivo del arroz que en invierno permanece temporalmente inundado, queda incluida en los muchos acotados cinegéticos declarados en el parque natural. De las más de 13.000 hectáreas de arrozal, apenas 700 hectáreas se corresponden con Áreas de Reserva Cinegética según la normativa del Parque Natural (un PRUG que se encuentra en proceso de revisión). Esta superficie, a la que habría que sumar la de las más que discutibles zonas de reserva que tiene que delimitar cada uno de los cotos de caza (muchas de las cuales hace referencia zonas de huerta o áreas próximas a núcleos urbanos o polígonos industriales), apenas representa el 5% de la superficie de arrozal. Sin embargo, si se tiene en cuenta las zonas de reserva que permanecen inundadas un periodo largo de tiempo (más de tres meses), la cifra es todavía más reducida, ya que apenas 120 hectáreas (menos del 1% de la superficie de arrozales del parque natural) cumplen estas condiciones. Con todo, apenas un 1% de los arrozales del parque natural de l’Albufera se corresponde con zonas de reserva que permanecen inundadas más de tres meses…las cifras hablan por sí solas.

La capacidad de acogida para las aves acuáticas en l’Albufera depende casi exclusivamente de las condiciones de brinda el arrozal, un ambiente inundado en el que las aves pueden encontrar una oferta amplia de alimento. La gran lámina de aguas libres de l’Albufera, que también es área de reserva, apenas cumple un papel de zona de descanso para miles de anátidas que, con resignación, sortean los días de caza a la espera de mejores condiciones en el marjal. El resto de reservas (la mata de El Fang, el racó de l’Olla, los tancats de la Pipa, Milia, l’Illa o la bassa de sant Llorenç) apenas suman 150 hectáreas de superficie (el 0,7% del espacio protegido).

Se hace difícil imaginar cómo podría llegar a ser l’Albufera si contara con un amplio espacio de marjal inundado durante varios meses y libre de la actividad cinegética. El hecho de que pueda acoger cifras tan destacadas de morito común (más de 1.800 aves) o de flamenco común (más de 2.000 ejemplares) y un total de aves acuáticas por encima de los 70.000 individuos (incluyendo garzas, anátidas, limícolas y gaviotas), nos da una idea del extraordinario potencial que este tipo de hábitat podría tener para las aves acuáticas. Desgraciadamente, y a día de hoy, sigue resultando difícil ver imágenes como la de los flamencos y pensar que pueda tratarse de l’Albufera de Valencia.